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| LA CAPELLANÍA INFORMA | |||||||
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Religión y democracia Siete Estados miembros pedían que se mencionasen las raíces cristianas de la Unión Europea en el Preámbulo de su futura Constitución. No se les ha hecho caso. Hoy más que nunca recuperan toda su fuerza las palabras proféticas con las que el Santo Padre Juan Pablo II en el año 1982 exhortó a Europa desde Santiago a reencontrar su verdadera identidad: «Yo, obispo de Roma y Pastor de la Iglesia Universal, desde Santiago te lanzo vieja Europa, un grito de amor: vuelve a encontrarte. Sé tu misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa y benéfica tu presencia entre los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: yo puedo». El autor del siguiente artículo, publicado en Le Figaro, es profesor y director del Programa Global Law School, de la New York University School of Law (cátedra Jean Monnet), y autor de Una Europa cristiana.
En los círculos políticos de izquierdas, la idea de incluir en el Preámbulo de la Constitución de la Unión Europea una referencia a Dios o a las raíces cristianas de Europa suscita burlas, a veces desprecio. Sería, dicen, fuente de conflictos con respecto a la tradición constitucional, compartida por todos los países de Europa, de neutralidad del Estado en cuanto a la religión. Se opondría también al compromiso político de Europa a favor de una sociedad multicultural y tolerante. Pero la posición inversa es igualmente válida: hacer mención de Dios es tan legítimo desde el punto de vista constitucional, como indispensable desde el punto de vista político. Desde el punto de vista constitucional, Europa presenta cierta riqueza. En lo relativo a la legislación constitucional, todos los Estados miembros, bajo la tutela de la Convención Europea de los Derechos Humanos, se han comprometido a respetar el principio de un Estado agnóstico o imparcial, que garantice tanto la libertad religiosa como el laicismo. Los países europeos han alcanzado a este respecto un grado de homogeneidad notable, aunque ciertos puntos de detalle –como el porte del velo, o los crucifijos en las escuelas– los interpreten de diversas formas en el cómo realizar concretamente el difícil equilibrio entre libertad religiosa y laicismo. Por el contrario, en lo relativo a simbolismo e iconografía constitucionales, Europa presenta una heterogeneidad notable. Por un lado encontramos países como Francia, cuya Constitución define al Estado con el término de laico; por otro, países como Dinamarca o el Reino Unido, que declaran poseer una religión oficial del Estado. En el Reino Unido, el monarca no sólo dirige el Estado, también dirige la Iglesia. Entre esos dos extremos encontramos países como Alemania, cuyo Preámbulo constitucional hace explícita mente referencia a Dios; o Irlanda, cuyo Preámbulo hace referencia a la Santísima Trinidad. Es decir, que casi la mitad de la población de la Unión Europea vive en Estados cuyas Constituciones hacen referencia explícita a Dios o a la cristiandad. Lo que es admirable en Europa es que, incluso en esos Estados, los principios de libertad religiosa y de laicidad son plenamente respetados. Nadie puede afirmar con credibilidad que en Dinamarca, por ejemplo, que reconoce una religión oficial del Estado, la democracia liberal se respeta menos que en Francia o en Italia, que se definen como laicos. Dado ese trasfondo, la Constitución europea refleja correctamente la homogeneidad de la tradición constitucional europea, que admite sin reservas, como debe ser, las nociones de libertad religiosa y laicismo. Por eso, la Constitución debería reflejar también la heterogeneidad de la Unión Europea. La legítima mención de Dios El rechazo de la mención de Dios parte del principio erróneo consistente en identificar laicismo con neutralidad o imparcialidad. El Preámbulo nos plantea una opción binaria: aceptar a Dios o rechazarlo. ¿Por qué la exclusión de la referencia a Dios sería más neutra que la aceptación? Su único efecto sería favorecer una concepción del mundo –el laicismo– con preferencia a otra –la religiosa–, disfrazando esa preferencia con apariencias de neutralidad. ¿Cómo conciliar, pues, ambas tradiciones? La nueva Constitución de Polonia ofrece una ejemplo elegante de ello: «Nosotros, la Nación polaca, ciudadanos todos de la República, los que creen en Dios, fuente de verdad, justicia, belleza y bondad, y los que no comparten esta fe y respetan valores universales procedentes de otros principios; iguales en derechos y obligaciones hacia el bien común...» Se podría encontrar una solución parecida para la Constitución europea. Al fin y al cabo, Europa siempre se ha pronunciado por una democracia a escala mundial. No obstante, uno de los mayores obstáculos a la expansión de la democracia sigue siendo la idea, generalmente admitida, de que religión y democracia son hermanas enemigas, de que situarse del lado de la democracia implica, por consiguiente, expulsar a Dios y a la religión del ámbito de lo público, considerándolo como un asunto meramente privado. En realidad, éste es el mensaje que el modelo democrático francoamericano ofrece al mundo. Pero la particular relación entre Iglesia y Estado existente en el momento de las revoluciones francesa y americana, ¿representa realmente el modelo que Europa desea ofrecer al resto del mundo contemporáneo? ¿Ha de proclamar la Constitución europea que se debe expulsar a Dios del ámbito de lo público? ¿Por cuánto tiempo seguiremos condicionados por aquella particular experiencia histórica? El Estado ha evolucionado, y la Iglesia todavía más. En ese ámbito, y en muchos otros, Europa debe ofrecer una alternativa al separatismo constitucional francés y estadounidense, presentando el vivo ejemplo de una religión que ya no teme a la democracia, y de una democracia que ya no teme a la religión. El verdadero pluralismo se encuentra en garantizar eficazmente libertad religiosa y laicismo; y en reconocer sin miedo la fe viva de muchos de sus ciudadanos. Sólo ese modelo puede convencer a sociedades que aún miran la democracia con desconfianza y hostilidad. Joseph Weiler * * *
Ha escrito Francisco Varo Decano de la Facultad de Teología Universidad de Navarra Algunos argumentan que la religión genera fundamentalismos que son corrosivos para una sociedad plural, en la que se respeten las libertades de todos. Pero identificar religión con fundamentalismo es injusto y falso. Por encima de los errores humanos, que en veinte siglos ha habido de todo, la aportación cultural y humanitaria del cristianismo para la construcción de Europa es innegable. Para afirmar que el progreso en el reconocimiento de la dignidad de toda persona, la libertad, la justicia o la solidaridad han tenido sus raíces en el mensaje cristiano no se requiere ningún acto de fe. Ni para percibir que la búsqueda de la verdad, tan propia del cristianismo, ha sido motor de arranque para la investigación científica y el desarrollo técnico. Ni para advertir que la aportación cristiana a la transmisión de la cultura y a la difusión de la educación general para todos, ha sido factor determinante para el progreso de Europa. Se trata de hechos sociales e históricos comprobables, y dejar constancia de ellos no es testimonio de confesionalidad alguna. Simplemente de objetividad. Manifestarlos públicamente no supone arrogarse privilegios indebidos. No hay ninguna razón para pensar que tal mención llevaría a reforzar el peso político de las iglesias cristianas, o conduciría a la impregnación clerical de los poderes públicos. Las censuras y exclusiones arbitrarias no deberían caber en una sociedad que busca afrontar serenamente su futuro, tras haber superado siglos de tensiones. Al contrario, es momento de abrirse y acoger cuanto de bueno puedan aportar los demás, aunque no se compartan plenamente la totalidad de sus ideas. * * * |