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ANTROPOLOGÍA DEL CUERPO I
Capellanía Informa ofrece en dos entregas un estudio de la Doctora Genara Castillo sobre
“la apertura del cuerpo humano a la acción del espíritu humano”
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1. Introducción
Existe una antropología y hasta una teología del cuerpo . El cuerpo humano es algo extremadamente complejo, maravilloso, porque el hombre que lo posee es de un nivel superior a cualquier animal. Como es sabido, son muchas las ciencias que contribuyen a su estudio. Por parte de la antropología filosófica se han logrado muchas averiguaciones al respecto. Así, es posible ver al cuerpo humano sistémicamente.
Mediante el método sistémico se puede ver en el cuerpo elementos duales (la dualidad no es dualismo), en los cuales el término inferior depende de otro superior, una determinada función está relacionada con una superior a la que hace posible, y ésta a su vez con otra superior, etc. De esta manera se ve el cuerpo humano con gran apertura constitutiva, un cierto “inacabamiento”, una potencialidad o indeterminación que “reclama” la presencia del espíritu humano. Ningún otro cuerpo está en esas mismas condiciones.
Evidentemente, una antropología del cuerpo da lugar a más de un tratado; por lo que a la presente publicación corresponde, daremos solamente unas breves referencias utilizando el método sistémico y tratando de que se vea la apertura del cuerpo humano a la acción del espíritu humano.
La tesis principal que irá apareciendo es que el cuerpo humano, a diferencia de cualquier otro ser, es un cuerpo preparado para ser un instrumento manifestativo del espíritu. De ahí que en cierta manera es “potencial”, inacabado, esperando para ello la acción inteligente y libre del sujeto. Según sea la intensidad de ese dominio, se dará una verdadera apropiación del cuerpo y éste será más o menos manifestativo del espíritu humano, el cuerpo dejará que el espíritu se “abra paso” a través de él.
Si lo característico del hombre es que es poseedor, la tenencia del cuerpo humano invoca un dominio, un “enseñoreamiento” del cuerpo gracias al espíritu humano. Tener cuerpo conlleva poseerlo cognoscitiva y volitivamente.
La luz de la sindéresis tiene mucha parte en esa posesión aunque como sabemos dicha iluminación ha sido oscurecida, pero no del todo ya que la sindéresis no puede desaparecer nunca porque entonces se daría la desaparición de nuestro espíritu, lo cual es imposible.
El cuerpo humano es de una riqueza manifestativa extraordinaria. Una antropología que ignore o desprecie el cuerpo es una antropología equivocada. Tan erróneo es considerar al hombre como mero espíritu como reducirlo sólo a lo corpóreo. El ser humano no es ni un ángel ni una bestia. El ser humano “posee” espíritu, inteligencia y voluntad, con la cual puede gobernar su cuerpo en gran medida.
Esto es de gran importancia en la vida humana, especialmente en la pedagogía. Tan errónea es una pedagogía “angelista” que pretende ignorar el cuerpo, como una antropología meramente biológica, que reduce al ser humano a sólo lo orgánico. Si no se sabe cómo integrar lo corpóreo, lo sensible, en el hombre, entonces es difícil saber qué hay que hacer respecto de los sentimientos, la sexualidad, etc., ni el papel que desempeñan en la vida humana.
La presencia del cuerpo es, por otra parte, ineludible. Existen otros seres de muy alto nivel que son sólo espíritu (inteligencia y voluntad) y no poseen cuerpo. Como sabemos, el ser humano se diferencia del ser angélico entre otras cosas porque tiene cuerpo y por eso está llamado a vivir manifestándose a otros seres, especialmente a otras personas que a su vez se manifiestan corpóreamente.
Gran parte de la manifestación humana –su ser racional– es a través del cuerpo. La sociedad humana se hace en base a la comunicación a través del lenguaje humano que es posible gracias a la articulación de la voz que tiene una base corpórea. Pero en realidad hay también un “lenguaje” de todo el cuerpo: hay un lenguaje de la mirada, del tono de la voz, del tacto, del rostro, de la sonrisa, de los gestos, de la manera de caminar, del modo como se viste o se cubre el cuerpo, etc.
El ser humano “dispone” en el tiempo y en el espacio mediante su corporalidad y mediante ésta construye un “mundo humano”, una habitación, una casa, una ciudad, y se relaciona con otros seres humanos constituyendo un tejido de relaciones que echan mano de muchos medios y que se basan en el lenguaje, en la comunicación –que tiene una dimensión corpórea–, que es tan importante en la sociabilidad humana.
Así pues, el diálogo, la convivencia, la construcción de las casas, calles, ciudades, así como el inmenso ámbito ocupacional y laboral del hombre se hace mediando la capacidad corpórea humana.
A continuación haremos un breve recorrido por esas realidades humanas referentes al lenguaje humano, al rostro, a la mirada, al gesto, al vestido y la palabra, que tienen como base la corporalidad humana, poniendo el acento en que la dimensión corpórea del ser humano está llamada a “manifestar” de la mejor manera la índole propiamente humana, espiritual, de ese su ser.
2. El cuerpo como “cauce” de la manifestación humana.
Como indicamos antes, el ser humano se manifiesta en general, ejerciendo una serie de operaciones, para lo cual sigue un proceso que se puede llamar dual, en el que una parte o miembro de la dualidad es superior a la otra supeditándola y generando una dualidad superior, etc.
Este proceso en que lo inferior se supedita a otro miembro dual que es superior, sugiere su apertura a un crecimiento o desarrollo cada vez de mayor nivel, ya que desde el nivel orgánico las operaciones se dirigen siempre hacia algo superior, hacia funciones mucho más complejas, etc. Se podría hacer un recorrido de las diversas dualidades, incluidas las orgánicas, pero sería muy largo, sólo nos detendremos en algunos aspectos de esa sistematicidad humana.
Empezaremos por fijarnos en una primera realidad humana que es el bipedismo. El ser humano se sostiene en dos pies, es bípedo. A veces se le ha llamado el “bípedo implume”, es decir, que se semeja a los pájaros que se sostienen sobre dos patas. Pero, como hemos señalado, el ser humano tiene un cuerpo que no está cubierto de plumas, es un cuerpo “inacabado” porque su “terminación” está encomendada al espíritu humano.
Por eso el vestido es objeto de un arte humano que es importante, ya que ahí se da un “reflejo”, una manifestación, una “prolongación” de la interioridad, de lo que cada uno es, de su poca o mucha conciencia de la propia dignidad humana, de los criterios o convicciones que tenga y en definitiva de su libertad.
El cuerpo humano al otorgar una base a la existencia humana, no se cierra en sí mismo ni siquiera en el nivel de las funciones orgánicas, sino que al estar “inacabado” invoca otros niveles y operaciones más altas, es decir la conducción, la dirección, conciente y libre del hombre.
El cuerpo humano no se agota en sí mismo, sino que se “abre” a manifestaciones superiores del espíritu humano, su fin no es él mismo, sino que está proyectado a finalidades más altas, superiores a las corpóreas. De ahí que como hemos señalado el cuerpo humano sea sistémico, sus partes están en relación a otras de tal manera que se constituye un sinnúmero de operaciones, en las cuales las más básicas están en función de otras de mayor alcance, es decir superiores.
Así por ejemplo, el bipedismo humano hace posible que el hombre al no ser cuadrúpedo, tenga una postura erguida, su columna vertebral no está dispuesta horizontalmente (como los cuadrúpedos), sino verticalmente para hacer posible algo importante como es la postura de la cabeza humana.
A su vez, la cabeza humana al asentarse sobre la columna vertical da las condiciones necesarias para que se dé una determinada postura de la cabeza que posibilita el que el hombre posea un rostro, de lo contrario la cabeza le “colgaría” y el “rostro” se escondería.
Por su parte, el rostro humano hace posible una cavidad bucal que permite una postura de la lengua que es indispensable para ejercer una actividad superior como es la del lenguaje humano. La lengua de un animal, por ejemplo la de una vaca, está terminada, no está disponible para articular voces, a lo mucho puede emitir mugidos, pero no palabras.
La palabra humana está cargada de significado gracias a que el ser humano puede vehicular a través de ella la verdad de su pensamiento, ese don inestimable de su capacidad de entender, de pensar, y también la voluntad de comunicarse con sus semejantes.
Pero además, el ser humano se sostiene en dos pies para dejar libre las extremidades superiores, las cuales al quedar libres son indeterminadas para que puedan dar paso a una actividad superior que es la técnica humana.
La mano es el “el instrumento de los instrumentos” como decía Aristóteles. Al quedar liberadas las extremidades superiores y siendo las manos “inacabadas”, puede establecerse la relación mano-cerebro lo que da lugar a la técnica humana. Hay quienes dicen rechazar la técnica, pero intrínsecamente esto no es posible, porque es inherente al ser humano.
Desde que el primer hombre surgió en la tierra tuvo que valerse de sus manos para hacer lanzas y poder cazar, para hacer sus vestidos de la piel de los animales, para hacer fuego y cocer sus alimentos, para construir sus herramientas, etc.
A su vez, la relación mano-cerebro se potencia enormemente gracias al lenguaje, ya que la enseñanza y el aprendizaje técnico se aumenta por medio de la palabra de quien racionalmente va dirigiendo el cómo usar las manos y las diferentes extremidades corpóreas.
De esta manera el ser humano aprende a tomar objetos con los que hace más cosas; aprende a tomar una herramienta para conseguir una utilidad, aprende a caminar, que es una de las técnicas más elementales, aprende a tomar una cuchara y llevársela a la boca, aprende a comer, a vestirse, etc.
Todo ese proceso de instrumentalización del cuerpo es gracias al espíritu humano. Sólo el ser humano puede relacionar medios con fines. El animal no sabe lo que es un medio, no lo reconoce como tal a pesar de que “use” los medios, no sabe lo que significa medio o mediación, la relación de medio a fin la hace instintivamente; en cambio el ser humano sí reconoce la índole medial de las cosas.
De ahí que el ser humano pueda progresar en el uso de los medios. Como se sabe la clave de ese proceso consiste en convertir los fines alcanzados en medios para alcanzar fines superiores, ésa es la índole de la sistematicidad humana tanto a nivel individual como social.
Por eso, las abejas siempre hacen la miel de la misma manera, porque esos procesos al ser instintivos no crecen, están determinados, es decir que no están encargados a la inteligencia y a la libertad de los sujetos. En cambio, en el ser humano el progreso técnico se ha disparado con gran intensidad, tanto que ahora el problema es que en el camino por conseguir medios cada vez más potentes, se nos están perdiendo de vista los fines definitivos.
Las actividades que realizamos con las manos, desde el hecho de cocinar o preparar unos alimentos, de confeccionar unos vestidos, como de levantar una casa, hasta las manufacturas y las técnicas más sofisticadas que tenemos actualmente, todo ello es posible gracias a las manos, que pueden coger un bisturí como armar los bites de una computadora.
El ser humano no come como las bestias que, dejándose llevar de su instinto, no controlan la acción de comer, sino que se abalanzan sobre los alimentos; el ser humano en cambio procede a cocerla, a prepararla racionalmente, lo que da lugar a unas artes especiales como son la culinaria, la gastronomía y la nutrición.
También la capacidad gestual humana se encuentra en gran parte en las manos, en los brazos, etc., a través de los cuales se vehicula el espíritu. Por ejemplo, cuando al saludar de cerca damos la mano o de lejos la levantamos, eso quiere decir –desde tiempos antiguos– que acogemos al otro en señal de amistad, es como si dijéramos “no tengo ningún arma con la cual herirte o hacerte daño”.
La capacidad gestual humana es inmensa y muy rica, por ejemplo, el inclinarse, el hacer una reverencia o genuflexión que es el modo de saludar a un Ser Superior, el ponerse de rodillas cuando se da culto a Dios manifiesta que nos sometemos con la totalidad de nuestro ser a Él, de ahí que los gestos de adoración sean tan significativos.
Así pues, ignorar el cuerpo es no valorarlo, es no ver su capacidad de dar paso a “fines superiores”, a nivel personal. Entonces se pasa por alto realidades propiamente humanas, como es la tipología humana que es muy importante cara a la sociedad humana.
Así por ejemplo, el cuerpo humano nace sexuado por lo que da lugar al tipo humano femenino y al tipo humano masculino que parten, aunque no se agotan ahí, de esa maravilla de la sexualidad humana, que está llamada a una finalidad muy alta, a ser un don grandioso, ya que constituye el santuario de la vida humana y que aporta especialmente en el matrimonio y en la familia la dotación topológica peculiar de varón y mujer.
Por otra parte, la tipología también está en los modos de ser de cada uno, lo cual tiene una base corpórea, es lo que se llama temperamento; por ejemplo existen músculos inhibidores y efectores, y en cada persona predominan unos de una manera y otros de otra, inclinándonos –por ejemplo– a ser más “abiertos” o más retraídos.
El grado de actividad también tiene una base corpórea, unos tendemos a la actividad más que a la pasividad y al revés. El grado de sensibilidad, el cómo nos “afecta” la realidad también es tipológica, existen tipos humanos de una gran sensibilidad y otros de menos.
Pero por eso mismo, esa dotación temperamental invoca una tarea y un destino de gran nivel: su apertura al espíritu, que hace que el temperamento sea asumido, modelado y educado gracias a la influencia educativa personal, familiar y social.
Es decir que lo corpóreo reclama una educación del carácter, para hacer de nuestro modo de ser un don para otros, para que esa apertura sea posible y se pueda aportar a los demás miembros de la sociedad con todo lo que somos y tenemos tipológicamente.
En definitiva, en la educación del carácter, se requiere de una guía y conducción de la propia dotación sensible por parte de las facultades superiores: inteligencia y voluntad. Al comienzo esta dirección o guía se da a través de los padres, y paulatinamente nos hacemos dueños de nuestro propio carácter a través de nuestras acciones libres.
Ahí todo influye, por ejemplo, la educación y las experiencias vividas, pero todo eso está encomendado a los criterios que vayamos teniendo y a nuestra libertad, de manera que son nuestras acciones libres las que van forjando nuestra propia personalidad.
En general, el cuerpo del ser humano, a diferencia de los animales, es un cuerpo transido de espíritu, porque la presencia de sus capacidades intelectual y volitiva, penetra –poco o mucho– el cuerpo humano. El ser humano no es sólo cuerpo, sino también posee la riqueza del espíritu, de sus facultades superiores, de su inteligencia y de su voluntad.
Por eso insistimos en que el cuerpo humano tiene una exigencia inherente y es la de estar penetrado por ese espíritu, de manera que el cuerpo humano es “tenido” según esa realidad espiritual. Es muy diferente la condición en que se encuentra un animal.
Cuando a veces vemos “la cara” de algunos animales, sentimos una ligera conmoción, porque aunque se parezca al humano, aunque por ejemplo tenga dos ojos, aquella no es una mirada ni un rostro propiamente humanos, porque ahí no se manifiesta la índole espiritual que todo ser humano posee. Las típicas fotografías de un niño al lado de su mascota lo representa bien: la mirada del perro es algo estúpida, mientras que la del niño es una mirada chispeante: es la presencia del espíritu.
De ahí que como veremos, muchas de las actividades corpóreas manifiestan de alguna manera la presencia de esas facultades superiores que son espirituales. La causa de una extraordinaria capacidad manifestativa del cuerpo humano es la presencia intensa del espíritu, lo mejor de nosotros “sale” al exterior gracias a nuestra corporalidad.
En realidad, no hay ninguna expresión humana corpórea que no esté transida de nuestra naturaleza y esencia humanas y de la intensificación con la que dominemos el cuerpo depende que esa manifestación sea mayor o menor. La riqueza de esa manifestación puede tener una riqueza extraordinaria.
Por ejemplo, el caminar humano reclama estar dirigido por esas facultades superiores. No da igual caminar de una manera u otra. Existe el arte de caminar. Así por ejemplo, la manera como pisa una mujer, el garbo, es la expresión de su cuerpo que revela ese dominio y esa presencia del espíritu, es el secreto de su elegancia.
Una mujer propiamente no camina igual que un animal, como por ejemplo una yegua, que no mueve sus caderas racionalmente, sino que al no poseer dominio sobre su cuerpo, las “tira” hacia un lado o hacia otro. Es decir que en el animal su cuerpo está fuera de su dominio, simplemente se abandona sin más; no lo puede dirigir porque no tiene facultades directivas superiores, se mueve según su instinto.
En el saber caminar elegantemente influyen muchas cosas: el dominio del espíritu se manifiesta en el largo del paso –que no es azancanado–, en la armonía con la postura de las demás partes del cuerpo –cintura, columna y cabeza–, todo ello supone CONTROL, una íntima percepción de la medida o mesura. En el ser humano se puede dar un comportamiento elegante: es el esplendor del espíritu, algo así como su perfume.
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